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viernes, 29 de diciembre de 2017

India (los días en Goa)

Palolem es, sin duda, uno de esos lugares mágicos, donde la conjunción de mar, tierra y sol generan un espectáculo encantador. Nos habían recomendado ir al sur de Goa, pues el norte era muy comercial y seguimos ese consejo. Goa – y, en extensión, la India entera – era un destino casi místico hasta hace unos años, pero la comercialización, la globalización y todos esos procesos que ocurren a gran escala en el mundo entero habían cambiado el carácter de los sitios, vuelto a sus habitantes más cínicos, a sus visitantes más codiciosos. Pero Palolem parecía haber escapado esa suerte – al menos así nos lo vendieron – podías encontrar aquí tu pedazo de paz, de nirvana, sin pagar mucho por ello.

La playa definitivamente no era un secreto, ya que a orillas del mar, bajo la sombra de los cocoteros, se erguía una hilera de hoteles, en uno de los cuales Boris, Melanie y yo nos hospedamos. No obstante, estos hoteles pertenecían a la llamada arquitectura sustentable: estaban hechos de materiales de reciclaje y, todos los años, después del monzón, eran construidos para dar la bienvenida a la temporada alta, durante los meses de invierno, cuando no llovía – o al menos llovía muy escasamente – en esa parte de la India. En abril o mayo, justo antes de comenzar las lluvias, eran de nuevo desmontados y desensamblados en sus distintas partes, para mantenerlas secas. Los materiales de los que estaban hechos los hoteles eran paneles de fibras de coco, hojas de palma, madera y alguna que otra porción de plástico para garantizar la impermeabilidad, por ejemplo en la ducha del baño.


El hotel donde nos quedamos contaba con dos restaurantes: el principal, donde eran servido los desayunos y las cenas, y un bar llamado Tapas, donde podías sentarte durante todo el día, tomar cerveza o algún cóctel y disfrutar de pasapalos y comidas sencillas. El bar Tapas sería mi lugar favorito de las vacaciones, ya que contaba con muebles muy cómodos y al estar justo en la playa, podías contemplar el mar mientras te refugiabas del duro sol tropical. Así el transcurrir de nuestros días consistía en desayunar en el restaurante principal – un buffet muy modesto, compuesto de rebanadas de pan blanco, mantequilla, mermelada, papas sazonadas con cúrcuma y frutas tropicales, acompañado de café negro colado o chai – para luego darnos un baño en la playa hasta eso de las 12 del mediodía, cuando el calor nos obligaba ir a Tapas. Allí estábamos, conversando, leyendo, hasta las cuatro de la tarde, cuando volvíamos a la arena y seguíamos un rato más en el sol y en el agua hasta el anochecer. Después venía la cena, que siempre era en algún restaurante de la playa y luego otra vez en Tapas hasta las 12 de la noche, cuando apagaban las luces y el bar era "cerrado". Lo digo entre comillas, pues el bar no tenía puertas. Había un servicio de seguridad – sólo un hombre – que deambulaba por el hotel vigilando las instalaciones, pero Tapas era cuidado por el personal que allí dormía: todas las noches, después que nosotros nos íbamos a nuestra habitación – siempre éramos los últimos – un grupo de cuatro o cinco trabajadores del hotel juntaban los muebles del bar y construían allí sus camas. A las siete de la mañana no había rastro de ellos, así que dormían alrededor de seis horas, sin tener una habitación particular, sin privacidad, sólo el descanso que ofrecían los cojines de los muebles sobre los cuales los culos de los turistas sudaban durante todo el día.

En general, el personal del hotel era muy amigable, los mejores que encontramos en la India. Siempre conversamos con uno de los mesoneros del restaurante principal, de tez morena y dientes blancos como el marfil, quien siempre nos recibía atentos para el desayuno. Rápidamente memorizó nuestros nombres – en cambio, nosotros ya hemos olvidado el suyo – y entramos en confianza. Nos contó que era de Nepal, que la gran mayoría de las personas que trabajaban en Goa no eran de allí, sino venían de otro sitio de la India o de Asia. Su meta era ir a Canadá, pues allá podía ganar más dinero. Una noche nos ofreció feni, licor a base de merey, el cual sabía a puro schnaps. Feni y la cerveza Kingfisher fueron nuestras bebidas fundamentales en Goa. 



La lectura de las vacaciones, la cual todavía no he culminado, fue Midnight's Children de Salman Rushdie. El escritor hindú es mejor conocido por el infame The Satanic Verses (Los Versos Satánicos), por el cual el ayatollah de Irán proclamó una fatwa: se ofreció un botín para cualquiera que asesinara a Rushdie, por haber sido blasfemo al Islam. Midnight's Children es un libro perteneciente al realismo mágico, género que pensé era único de Latinoamérica, pero al parecer ha sido ya agotado en otras literaturas. Disfruté de las páginas en el calor de Palolem y me asombré de lo rica que era su trama: elementos del cómic estadounidense (X-Men me vino a la mente), junto a un estudio de la historia contemporánea de la India. La literatura hindú es muy rica. También Occidente ha escrito numerosos volúmenes acerca de la India. En Palolem existen dos librerías, en la cual encontramos diversos libros acerca de la India o escritos por autores hindúes, algunos de los cuales ya poseía y otros no: 
  • una colección de cuentos de Rabindranath Tagore,
  • Heat and Dust, de Ruth Prawer Jhabvala,
  • A Suitable Boy, de Vikram Seth,
  • Saraswati Park, de Anjali Joseph,
  • A Search In Secret India, de Paul Brunton,
  • The Idea of India, de Sunil Khilnani,
  • No Full Stops In India, de Mark Tully,
  • The Last Mughal, Nine Lives y City of Djinns, de William Dalrymple,
  • Indien: ein Länderproträt, de Bernard Imhasly,
  • A Passage to India, de E. M. Forster,
  • The Siege of Krishnapur, de J. G. Farrell,
  • The White Tiger, de Aravind Adiga,
  • The God of Small Things, de Arundhati Roy,
  • A Fine Balance, de Rohinton Mistry,
  • Kim, de Rudyard Kipling,
  • Shantaram, de Gregory David Roberts,
  • India, de Patrick French
  • An Area of Darkness: his Discovery of India, de V. S. Naipaul.
Tengo ahora material de lectura para múltiples vacaciones en la India. Mi meta es leer varios trabajos de ficción hindú antes de proceder a leer los ensayos o libros de no-ficción sobre la India. La ficción como punto de partida para entender la realidad.

Como dije, desde Tapas se podía contemplar toda la playa, que se abría como un anfiteatro donde diversas cosas sucedían. Sobre la arena, los botes de los pescadores yacían varados la mayor parte del día, unos esperando que algún turista se antojase a salir mar adentro a ver los delfines, otros porque ya habían salido en la madrugada a pescar. Los pescadores arrastraban los botes, a veces entre 8 o 10 personas, desde el mar hacia la orilla, más allá de la línea de marea, donde el ir y venir de las olas no pudieran devolverlos a las aguas. A la sombra de uno de los botes, en un pequeño surco en la arena, una perra, flaca e impasible, reposaba de la luz del sol de la tarde, mientras a su alrededor, una manada de cachorros retozaba y jugaba. La manada estaba compuesta por cuatro perritos, de los cuales tres eran relativamente grandes, peludos, activos y juguetones. El otro, el más débil del grupo, era macilento, pasivo, lento y de tamaño mucho menor. Como el bote estaba justo al frente de Tapas, pudimos observar todo: a la hora de amamantar, los más fuertes enseguida tomaban posesión de las tetas de la madre, mientras que el hermanito débil saltaba de aquí para allá buscando un espacio donde él también pegar su hocico. Cuando jugaban, los más fuertes se mordían entre ellos, se revolcaban en la arena y chillaban de manera aguda, mientras que el pequeñín intentaba correr detrás de ellos pero parecía siempre llegar tarde a la diversión, reaccionar unos segundos más tarde a lo que pasaba en el grupo.

Boris pensó en adoptar a uno de los cachorros y llevarlo a Alemania. Melanie dijo que si queríamos hacerlo, debíamos adoptar al más débil, pues los demás seguro sobrevivirían sin ayuda de los humanos. Yo, como siempre, me opuse, pensando en los asuntos prácticos del viaje: ¿cómo lo transportaríamos? ¿cómo resistiría el cachorro, siendo tan débil, todas las horas de vuelo que existen entre India y Alemania? ¿qué permisos, vacunas y papeles eran necesarios para llevarse un perro de un país a otro? Intentamos hallar las respuestas en la web, pero al cabo de un rato nos distrajimos y cambiamos de conversación.

Otros animales que deambulaban por la playa eran las sempiternas vacas: ellas caminaban sobre la arena a primeras horas del día y luego antes del atardecer, así que coincidían con los momentos en que estábamos nosotros también en la playa. Otras criaturas de las cuales temíamos eran las llamadas sandflöhe o pulgas de la playa – en Venezuela se les dice niguas – que abundaban en las playas de Asia. Yo tenía una pequeña cortada entre los dedos del pie y pensé que por allí podían introducirse las niguas, pero por fortuna no sucedió nada.

La mayoría de los días transcurrieron así, viendo a los demás turistas – que eran pocos, puesto que era apenas el inicio de la temporada – y descansando. Solamente un día hicimos una excursión a Goa Vieja, la antigua capital de los portugueses. Goa había sido colonia portuguesa y se había incorporado al resto de la India apenas en 1961. El viaje lo hicimos en autobús a través de paisajes cautivadores, entre ríos, selvas y montañas, alrededor de 3 horas. Melanie y Boris no estaban muy contentos con las condiciones del viaje: el autobús iba lleno, era incómodo, ruidoso y caluroso. Cuando llegamos a Goa Vieja, descubrimos que la que otrora había sido una ciudad con más iglesias que Roma, hoy día era un conjunto de ruinas. No había ninguna casa en pie, sino solamente las catedrales de piedra erguidas por los colonizadores lusitanos. Entre ellas, la basílica del Buen Jesús, donde reposaban los restos de San Francisco Javier, el misionero más importante de la Iglesia Católica después de San Pablo.



Estar en Goa Vieja era como estar dentro de un cuento de Borges, de ruinas circulares o senderos que se bifurcan. La incongruencia de estar dentro de una iglesia barroca, de altares de oro, en pleno subcontinente indio. Las iglesias eran enormes, majestuosas, altas, como una señal de fuerza de la Iglesia hecha sobre un mundo que simplemente siguió su ritmo a pesar de los intentos de Occidente por dominarlo. Me di cuenta que, en Latinoamérica, las que creemos son nuestras más preciadas creencias, fueron tan igual de impuestas como fue el cristianismo en la India. Me convencí de que una catedral en Goa es igual de incongruente que una catedral en Coro: ese indudable pensamiento que es el hecho de aceptar que nosotros fuimos colonia también, que nuestra historia es parecida a la de la India, a la de África, a la de tantos países. Pero como en Latinoamérica el colonialismo fue más exitoso, pensamos que nuestra historia es la normal, cuando es, sencillamente, historia. En América los españoles pudieron exterminar a la cultura indígena, directamente con la pólvora, indirectamente con los gérmenes y bacterias traídas desde el viejo mundo. Pero en la India, tan sólo lograron construir estos monumentos de piedra y retirarse silenciosamente. 

Me pregunté también si el catolicismo en Goa es como en Venezuela: sincrético, postcolonial, mestizo, donde Maria Lionza y José Gregorio Hernández conviven con la virgen de Coromoto y el Negro Primero en los altares de los feligreses. Aprendimos que en un principio sí: las primeras representaciones de Jesucristo en India fueron hechas pintándole el rostro de azul, tal como Krishna, para que las personas pudieran entender la divinidad de Jesús y su trascendencia.

Después de un corto paseo por las catedrales tropicales y 3 horas de viaje de regreso, volvimos a Palolem donde celebré mi cumpleaños número 33. Tomé vino de la India – no es bueno, pero tampoco sabe a vinagre – y hubo hasta torta, organizada por Boris y Melanie. También hubo fuegos artificiales y encendimos una linterna voladora que, con ayuda de unos paseantes, pudimos poner en el aire. Flotó por un par de minutos antes de caer sobre el mar. 

Al día siguiente hicimos yoga matutino, con el apacible ruido de las olas del mar. Nuestro instructor nos comentó que nosotros, los occidentales, necesitábamos del yoga, de los masajes ayurvédicos, pues nuestras vidas estaban llenas de estrés, trabajábamos demasiado. Después de terminar la sesión de yoga – a cual fue sin dudas muy suave, para principiantes – él acudió a su trabajo principal: terminar de construir el hotel donde trabajaba, pues los turistas comenzarían a llegar la semana siguiente. ¿Quién de los dos trabajaba más? ¿Yo, que me siento todos los días frente al computador durante 9 horas, dañando en el proceso a mi columna vertebral y mi salud en general? ¿O él, que realiza cuatro trabajos a la vez, de yogui, de masajista, de albañil y carpintero, para conseguir una paga probablemente injusta? Pensé que su frase estaba destinada a ser plácidamente escuchada por todos los turistas de Occidente quienes nos decimos "Sí, has trabajado demasiado, te mereces unas vacaciones" y acudimos a la India para ser consentidos por una población que sabe decir exactamente lo que deben decir.

Tras la sesión de yoga, caminando por la arena, de regreso hacia el hotel, vimos desde lo lejos un grupo de cuervos que rodeaban lo que parecía ser un gran pescado muerto. Las olas iban y venían y a veces la espuma llegaba hasta donde yacía el pescado, causando que los cuervos levantaran vuelo por unos segundos, para luego, una vez que la ola se retiraba, volver a abalanzarse sobre la carroña. Al acercarnos una ola más grande que las anteriores rompió en la playa, así que los cuervos abrieron su círculo, dejando ver el centro del festín: no era un pescado, sino el mustio cadáver del pequeño cachorro, el más débil de la manada. En lugar de sus ojos, sendos huecos se abrían en su rostro. Seguimos caminando y volvimos a nuestra habitación a hacer el equipaje. Boris me miró con cierto reproche: como diciendo, pudimos haberlo adoptado. Al día siguiente volaríamos de regreso a Delhi.

domingo, 12 de noviembre de 2017

India (IV)

Sabíamos que el recorrido entre Jaipur y Jodhpur era el más largo de nuestro periplo, pero la distancia neta en kilómetros no era la única información necesaria para determinar la duración del viaje, ya que el estado de la carretera era determinante. Empezamos al mediodía y llegamos de noche: 7 horas en total duró el recorrido, que resultó ser el más duro y peligroso del viaje. Peligroso porque la manera de conducir de los hindúes es sencillamente desquiciada. En una carretera de sólo dos canales  – uno para cada dirección – circulan gandolas, camiones, autobuses, carros, vacas, tuk-tuks, motos, bicicletas, tractores y carretas de bueyes, muchas veces adelantándose los unos a los otros, a ambos lados del camino, resultando en situaciones donde los vehículos terminan esquivándose precipitadamente. Nuestro peor susto fue casi llegando a Jodhpur, cuando en el medio de la noche, sin ninguna luz en el camino, de repente, una vaca negra se atravesó en el camino, causando que Rajes frenara en seco. Por fortuna él la vio a tiempo, pues yo, que iba de copiloto, no la vi sino después de su frenazo, cuando ya la teníamos justo al frente. Las vacas blancas podían verse a más distancia.

Cuando Rajes nos dejó en el hotel le suplicamos descansara muy bien, puesto que su desempeño había sido más que loable. Le pedimos que tomara algo con nosotros en el hotel, pero como todas las otras veces que lo invitamos a comer con nosotros, rechazó educadamente. No lo he dicho aún, pero durante todo este tiempo – ya el tercer día del viaje con Rajes al volante – él nos había conducido a distintos restaurantes, pero él siempre se quedaba fuera y no comía. Siempre le pedimos que nos acompañara y nunca aceptó la invitación. Su negación era tan susceptiva que sentíamos casi un irrespeto tratar de convencerlo de lo contrario. Quizás en su contrato estaba escrito que no debía molestar a sus clientes. Y el contrato entre Rakesh Kumar y nosotros estipulaba que la comida y alojamiento del chofer ya estaban pagos. No obstante esa distinción entre conductor y pasajero, parecía algo perteneciente a otra época, no de la sociedad moderna. Rajes jamás habría sido una molestia, puesto como ya he dicho, su carácter comedido, puntualidad y maneras formales generaban sólo respeto y aprecio.

Durante las siete horas que duró el viaje hacia Jodhpur conversamos sobre su familia y sobre la sociedad hindú. Nos dijo que él era originario de un pueblo en Himachal Pradesh, estado más al norte, en las montañas del Himalaya, donde vivía con su esposa y sus padres. Él trabajaba como chofer de turistas en Delhi, mientras su esposa cuidaba de sus padres, quienes estaban enfermos. Las realidades de un país sin una seguridad social tal y como es conocida en Europa. Nos comentó que los hospitales públicos no servían y sólo las clínicas privadas prestaban buena asistencia. Nos dijo que la India era un país rico – ¡cuántas veces no escuché lo mismo decir de Venezuela! – pero había demasiadas bocas qué alimentar. Melanie, como buena maestra, hizo preguntas sobre la educación. Rajes aseguró que todos los niños en la India estaban escolarizados, lo cual no creímos sea cierto. Nos comentó que la conscripción en el servicio militar no era obligatoria y que a pesar de que su padre era militar retirado de las fuerzas armadas, él no fue recluta ya que cuando era joven ser militar no representaba un progreso económico. Lo dijo casi arrepentido, como dando a entender que hoy en día sí sería algo provechoso. Habló de la historia de Rajasthan, de cómo los reyes de la región nunca fueron dominados por los mogoles, sino que llegaron a acuerdos con ellos – luego pactarían con los británicos. Hablamos también de Alemania, de la cual dijo era "un país que tiene un enfoque sistemático a la vida, no como India". Nos contó que había trabajado para DerTour como chofer, pero esta agencia había reducido sus operaciones y nos preguntó por qué venían cada vez menos turistas alemanes a la India, si acaso la guerra con Austria había sido una causa. No supimos si entendimos correctamente, puesto que el inglés de Rajes, a pesar de ser muy bueno, a veces no era el más fluido. Dijimos desconocer esa guerra, que Austria y Alemania no habían entrado en guerra recientemente – creo que nunca, puesto que si bien Austria y Prusia habían sido poderes rivales, una vez nacida Alemania como nación nunca hubo conflictos bélicos entre los países, incluso la anexión de Austria al Tercer Reich se produjo sin resistencia significante. Los alemanes prefieren ahora a Sri Lanka, dijo Boris, por eso no vienen a la India, a lo que Rajes se quedó intrigado, como si no pudiera entender por qué. Muchos amigos nos habían dicho, cuando decíamos que queríamos ir a la India, que era preferible ir a Sri Lanka primero, para irse acostumbrando a la cultura y luego hacer el salto al subcontinente, como si Sri Lanka fuera una especie de purgatorio, en el cual las almas se preparaban. Sri Lanka tiene un nivel de vida más alto que la India, de hecho uno de los más altos del sur de Asia, así que al ir allá el viajero no es enfrentado con las incomodidades de la pobreza, al menos no como nosotros habíamos sido enfrentado a ellas desde el inicio del viaje. Así, los vaivenes de las preferencias de los turistas europeos, dejan sin trabajo a quienes dependen de las agencias de viaje de la India. El peso del turismo masivo como motor de economías enteras.

Volviendo al momento en que Rajes nos deja en el hotel: nos despedimos y acordamos que nos recogiera a la mañana siguiente a las 10:00. Entramos al lobby y esta vez el lujo del hotel, su aseo, su belleza, el gran patio central, la atención que el personal nos daba, nos resultaron incongruentes. Subimos a la habitación y una vez cerrada la puerta, Melanie no pudo contenerse más. Casi con lágrimas en los ojos, nos confesó su irritación – irritar, irritarse es un verbo que uso a menudo en estos escritos, quizás por el alemán irritieren: no quiero decir que la India sea irritante, pero el verbo fue sospechosamente muy a menudo usado por Melanie y por Boris – por el hecho de que justo al lado del hotel ella había visto a gente viviendo en carpas improvisadas, hechas de material de desecho, mientras nosotros llegábamos a un hotel cinco estrellas. "Es ist krank" (es enfermizo), decía.  Respiren el aire, decía, otra vez huele a basura quemada, a incineración. ¿Cómo conciliar el sueño sabiendo que hay gente allá afuera respirando ese aire, durmiendo casi bajo la intemperie, mientras nosotros, por ser europeos, podíamos tener cuatro paredes, agua potable, sábanas de seda, aire acondicionado y purificado? 

Melanie hablaba siempre de nosotros, en grupo, y no sé si al pronunciar esa pregunta me contaba a mí como otro europeo más, lo cual sería un pequeño error, pero quizás quería decir sencillamente nosotros los privilegiados, lo cual sería correcto, puesto que yo, después de vivir 8 años en Alemania, también gozaba de los privilegios que todos o al menos la mayor parte de los alemanes gozan. Como tal, intenté responderle, no para contradecirla, de ninguna manera, sino para tratar de confortarla. Quise hacerle ver que ella no tenía la culpa, ninguno de nosotros, que como turistas traíamos dinero al país y que nuestra presencia no era una molestia sino era bienvenida, que quizás si el gobierno hindú combatiera mejor la corrupción, el dinero recaudado de los impuestos pudiera ser dedicado a combatir la pobreza de manera más eficiente. Ella me refutó, diciendo que como mujer blanca, europea, ella era favorecida por el sistema colonialista e imperialista, que todavía existía, aseguró, mientras los hindúes eran precisamente las víctimas. Todo lo que ella había aprendido durante sus cursos de desarrollo socioeconómico, donde había visto de manera conceptual lo que era la pobreza, ahora lo experimentaba de primera mano y resultaba ser difícil de tragar. Le recordé que los seres humanos somos animales de hábitos, y que pronto se acostumbraría a ver a la pobreza, tan cruel como pueda sonar, así como toda persona que viva en Caracas se acostumbra al espectáculo de los ranchos, a su presencia, a su peso sobre el paisaje, sólo aliviado por el contrapeso del verde Ávila. Muy a menudo la vista se endurece e ignora los horrores, los filtra. Al decir esto, me daba cuenta de la monstruosidad de mis palabras, que a pesar de ser reales, delataban mi indolencia, la del venezolano – la del ser humano. Así que empecé a tratar de entenderla y expandir su visión, en vez de consolarla – mucho tiempo después, al transcribir la conversación, pienso que los únicos que merecen ser consolados de la pobreza son los pobres mismos.

Comenzamos, con nuestras limitadas perspectivas, a discutir entonces sobre el colonialismo y sus consecuencias. Era mi turno de hacer confesiones y conté algo que no le había dicho a muchas personas y fue aquello que sentí la primera vez que llegué a Europa, cuando a los veintiún años, siendo la primera vez que abordaba un avión, llegué a Estocolmo. No cualquier ciudad europea, sino justo a una de las capitales más ricas, en la zona más estable económicamente de Europa. La visión del rápido y avanzado tren Arlanda Express, de las impecables calles de Östermalm, del esplendor del palacio de Drottningholm, habían despertado en mí sentimientos encontrados. La gran pregunta, tal y como imagino se la habría dicho Adam Smith en su tiempo, era la de por qué. ¿Por qué era Suecia más rica que Venezuela, si Suecia era un congelador, un terreno inhóspito e invernal, mientras mi patria era un paraíso? ¿De dónde habían sacado los suecos el dinero necesario para construir esas edificaciones,  no sólo ello, sino para formar una sociedad utópica donde la igualdad había sido alcanzada? 



Melanie me interrumpió diciendo "weil wir uns die Welt ausgebeutet haben" (porque nos hemos robado el botín del mundo, o más bien, porque hemos explotado al mundo). Y lo peor no es que haya ocurrido en el pasado, en la época de imperios y reyes, sino que todavía ocurría, que los países desarrollados trataban de frenar el desarrollo del tercer mundo al imponer las economías limpias basadas en recursos renovables. Comenzó a explicar cómo los países desarrollados compraban cuotas de emisión de gases de invernadero a países en desarrollo que, al necesitar el dinero, las vendían, por lo que las grandes potencias podían seguir contaminando el planeta, expandir sus economías, recaudar más dinero con el cual comprar más y más cuotas, en un ciclo tóxico. Estaba demostrado que la riqueza de una sociedad se podía medir a través de su emisión de dióxido de carbono: mientras más gases eran emitidos, mayor desarrollo económico y social se produciría. Puesto que el carbón sigue siendo la fuente más fácil y directa de energía conocida hasta ahora, frenar su uso era sencillamente aplicar un freno en el desarrollo de un país, más aún cuando la tecnología para usar los recursos renovables – solar, eólica, hidroeléctrica – a menudo venía de los países desarrollados, por lo tanto ellos seguían en control y podían ejercer su poder. ¿Con qué derecho obligaba Europa a África, Asia y América a quemar menos combustibles fósiles, si todos esos países necesitaban impulsar a sus economías? ¿Por qué pudo Europa impulsar su economía con la Revolución Industrial, basada en el carbón, y ahora, cuando era el turno de los demás países, el cambio climático era usado como amenaza para impedir la industrialización del tercer mundo? No podía ignorar los comentarios de Melanie, cuando yo mismo, en otro momento, también los había albergado. Recordé la conferencia a la que había asistido con el trabajo, en la que un profesor universitario, de unos setenta años, con voz pedante y didáctica, comentaba que si el gobernador de Borneo decidía talar la selva lluviosa de la isla en Indonesia, para vender la madera, había que detenerlo... En otro seminario, un físico comentaba descaradamente que si la civilización – palabra pronunciada con el mismo peso que usaba Spengler – era amenazada por las economías en desarrollo que seguían usando combustibles fósiles, era derecho de los europeos – alemanes – detener tal suceso. Recuerdo que mis ex-compañeros de trabajo escucharon indolentes tal propuesta. ¿Cómo querían detenerlo? ¿Invadir a Borneo, al resto del mundo? ¿En serio escuché esto en Alemania? ¿Después de Auschwitz?

Boris trató de hacer ver todo de manera más práctica, diciendo que él no podía, ni quería sentirse culpable de dormir en un hotel cinco estrellas, puesto que él quería estar seguro, cómodo y pernoctar en un sitio que cuente con las mismas o parecidas condiciones con las que vivíamos en Berlín, que no había nada de malo en pagar por un servicio y que no por ser blanco había que sentirse culpable de la historia de la humanidad. Muy probablemente correcto, pero Melanie y yo seguíamos divagando en nuestros pensamientos: rememoré las palabras de Susan Sontag, cuando decía que era inmensurable el daño que le había hecho la raza blanca a la humanidad – siento que esa frase no es del todo correcta, pues usa la palabra "raza", la cual considero es equivocada. Reflexioné sobre mi propio status y me pregunté por qué tenía yo, y no sólo yo sino toda mi familia tenía la misma idea sobre mí, sobre la certeza de mi logro, de mi éxito, por haber llegado a Alemania y conseguido trabajo y una vida estable. El año entrante, cuando adquiera la nacionalidad alemana, si todo sigue de acuerdo a los planes, estaré más aún convencido de ese logro. ¿Qué logro? ¿Qué clase de éxito personal representa pasar a ser alemán? ¿Por qué un pasaporte se convierte en una meta? Pues sencillamente en la serie de privilegios que te son concedidos, tal y como por ejemplo poder ser turista por el mundo, ir a todas partes pensando que es más barato que en casa – menos Suiza y Escandinavia, por supuesto. 

Por lo tanto me sentía partícipe de esa desigualdad que hay en el mundo, pues en vez de luchar contra ella, la mayoría hemos sucumbido al peso de los acontecimientos. Me siento culpable de haber usado divisas baratas para financiar mi educación en Europa, cuando hoy ya está demostrado que una de las cosas que desangró a Venezuela fue el control cambiario de los últimos años, y peor aún, de haberme quedado en Alemania, de no haber regresado, tal y como era la idea – si acaso hubo una idea o un plan detrás de las medidas del gobierno – de que los profesionales educados en el exterior regresaran a participar en la revolución y refundación de la república. Alemania y muchos otros países se benefician de esta fuga de cerebros que no ocurre por decenas sino por millones, jóvenes profesionales de todos los rincones del mundo, quienes se dicen a sí  – nosotros – mismos: hemos logrado el éxito, cuando en realidad quizás somos como Gori y Mothi, elefantes cargando con el peso de la demografía gris y en retroceso de los países europeos. Esta vez Melanie me reconfortó, diciéndome que al menos yo tenía presente el hecho de que yo había luchado por lograr los privilegios que poseo, que había estudiado, que me había preparado y formado para llegar a donde estoy. En cambio ella y todos los europeos, solamente habían tenido la fortuna de haber nacido allí, en el seno de familias nativas y no de inmigrantes – puesto que en Europa, la nacionalidad no es por nacimiento, sino por consanguinidad – y que mucha gente ignoraba lo privilegiados que eran. ¿A dónde comienzan los privilegios? ¿Dónde es trazada la línea: esta es tu labor, estos son tus frutos? ¿En qué punto comienza el peso de la historia, de las circunstancias? Recordé a Emmanuel Todd cuando decía que los meritócratas son peores que los aristócratas, pues al menos el aristócrata entiende que sus privilegios le fueron otorgados al nacer y que el fracaso de los pobres también es una clase de destino, mientras que el meritócrata piensa que su propio éxito está justificado y que el fracaso de los pobres es la culpa de ellos mismos.

Podríamos haber durado toda la noche discutiendo sobre el tema – debo confesar que cuando escribo, los argumentos tienden a ser más razonados y las frases más largas, mientras que en el momento que se discute, en caliente, las ideas brotan sin control, así que de la discusión he conservado quizás solo un par de argumentos, aunque fueron muchas más cosas las que se dijeron – pero el cansancio nos venció y nos quedamos dormidos.