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sábado, 30 de diciembre de 2017

India (el último día)

El último día – completo – en India nos encontramos de nuevo en Delhi, la contaminada y congestionada ciudad que nos había dado la bienvenida 15 días antes. En el hotel averiguamos la posibilidad de hacer un tour que nos llevase a distintas partes de la ciudad en el menor tiempo posible. La mejor alternativa resultó ser un autobús hop on-hop off que se podía coger cerca de Connaught Place. Así que decidimos caminar hasta la parada, a pesar de que eso significaba atravesar toda la plaza – y encontrarse con todos los personajes que te quieren vender algo, tomarse una foto contigo o indicarte un lugar donde se consiguen las mejores ofertas. No caminamos 100 metros hasta que la primer persona se nos acercó para indicarnos un bazar de textiles hindúes. Yo enseguida lo ignoré y me enojé, pues: primero, era el mismo bazar que habíamos visitado hace 15 días, segundo, el hombre que nos daba la información era – estoy seguro de ello – el mismo que nos habíamos encontrado en la tienda de té helado la vez pasada, pero esta vez contaba una historia diferente, que trabajaba en el hotel donde nos quedábamos y otros relatos más. Me obstiné y seguí caminando, a pesar de que Melanie quería seguir hablando con él. Luego más adelante no estábamos seguros a dónde ir y cometimos el error de abrir el mapa. Fue como un llamado de auxilio en la selva: enseguida se nos acercaron dos hombres, para "ayudarnos". Yo los rechacé con un gesto de la mano, entonces Melanie me reclamó: warum seid ihr so schlecht drauf? (¿por qué están de tan mal humor?). Para no entrar en conflicto, dije: está bien, dejemos que nos ayuden a ver qué cosa buena sale. En efecto, no nos ayudaron en lo absoluto: nos dijeron que los autobuses hop on-hop off no funcionaban hoy porque era feriado y que en cambio podíamos ir a un bazar, si los seguíamos a través de esta calle por aquí detrás. Melanie misma tuvo que decir no, thank you y seguimos nuestro camino, pues yo a través del smartphone ya había localizado el sitio. Allí se hallaban los autobuses, funcionando, pues a pesar de que sí era feriado, estaban trabajando.

Al llegar a la parada nos dimos cuenta que no había ninguna taquilla o caja donde comprar los tickets. Allí estaban solamente los choferes, esperando que fuera la hora justa para salir con el autobús de turno, los cuales estaban estacionados uno detrás del otro en la calle. Cuando le preguntamos al chofer cuánto costaba nos dijo: 1000 rupias por persona. Nos miramos la cara: en la página web aparecía que costaba sólo 700 rupias y así se lo mostramos, pues teníamos la prueba en nuestros teléfonos. Entonces él dijo: está bien, 900 rupias. ¿Cómo entenderlos? No sabíamos qué hacer, si era posible comprar por internet el ticket y ahorrarnos la discusión con el chofer, si hacer alguna otra actividad y, mientras discutíamos, se nos acercó un joven, de unos veinticinco años, alegando ser guía  turístico de la compañía de autobuses. Tenía la identificación en regla y parecía conocer a los choferes, así que pensamos darle una oportunidad. Él nos ofreció un tour particular, en el cual nos contaría todo lo que nosotros quisiéramos, al precio que nosotros considerásemos justo, lo podíamos pagar al finalizar el tour. Si cogíamos el tour ahora mismo con él, nos llevaría incluso antes al templo Sikh que se encontraba muy cerca, para luego abordar al autobús y seguir el paseo por toda Delhi. La oferta parecía razonable y decidimos aceptar.

Una vez dijimos que sí, el joven nos pidió que lo esperáramos un minuto. Se marchó y volvió poco tiempo después, pero había algo distinto en él: ahora estaba descalzo. Comenzamos a caminar, a través de las no muy limpias calles de Delhi hasta llegar al templo Sikh – pero tuve que preguntarle, ¿por qué estás descalzo? y me respondió que por respeto al templo. Lo cual me extrañó, pues todos los templos que nos habíamos encontrado tenían un pequeño estante en el cual se podían dejar los zapatos, no había que cruzar descalzo media ciudad para llegar allí. Justamente nosotros, al llegar al templo – que estaba completamente abarrotado de gente, nos despojamos de nuestro calzado y lo dejamos en una sala para turistas, donde estaba vigilado – habría que pagar después una pequeña donación por la vigilancia. También yo tuve que alquilar un pañuelo, el cual había sido usado por cientos de personas antes que yo, pues era necesario entrar al templo con la cabeza cubierta. Boris tenía una bandana, así que pudo usar la suya y Melanie tenía su  chal de pashmina. 

Procedimos a entrar al templo. Había varias puertas y no era muy claro por dónde cruzar, pero le guía nos condujo a través de una por donde no pasaba mucha gente. Al entrar nos maravillamos con el altar y las columnas revestidas de oro. La gente se encontraba sumida en profunda devoción mientras el guru recitaba ciertos versos. De nuevo en el exterior, vimos dos albercas gigantes de donde la gente tomaba agua con cucharones y se servía en vasos, algunos se bañaban también. El guía nos explicó que hace cientos de años el primer guru del templo había remojado el dedo gordo del pie en esas aguas y, por lo tanto, las aguas de las albercas eran benditas y curaban de todo tipo de enfermedades. Luego el guía nos indicó que hiciéramos una cola para recibir comida sagrada del templo: dudamos un poco, ya que, por fortuna, jamás habíamos tenido problemas con el estómago, algo que todos nos habían asegurado era imposible de evitar en un viaje a la India. Pero era nuestro último día y pensamos que, si nos cayera alguna bacteria, estaríamos ya en Alemania cuando los efectos se empezaran a notar, con atención médica alemana. Así que hicimos nuestra cola: teníamos que caminar lentamente, uno detrás del otro, con las manos juntas en el pecho, abiertas en forma de cuenco, para recibir allí la comida, la cual resultaría ser un grumo de masa dulzona revuelta con leche y cardamomo. El guía nos preguntó: ¿no se sienten limpios después de haberlo ingerido, cómo sus cuerpos reaccionan a lo divino? Para no ofender dijimos que sí.



Después el guía nos conduciría a través de la cocina del templo: completamente industrializada, repleta de máquinas que producían papadams a cada segundo. El guía nos indicó que la comida del templo era para todos y cada quien pagaba lo que quisiera: si no tenías con qué pagar, pues era gratis. Era visto como un honor sentarte a comer en el templo y dar la donación acorde. Una vecina de Melanie era Sikh, así que ella sabía que esa religión era muy pacífica y sus miembros tenían mayor nivel educativo que el resto de los hindúes. Una de las premisas de la religión era el compromiso de defender a los más débiles. Después del tour por la cocina, saldríamos, nos colocaríamos los zapatos y abordaríamos el autobús.

Pronto nos daríamos cuenta que en el autobús no recibiríamos la información particular como él había prometido, sino que el guía hablaba por un micrófono para que todos los turistas le escuchasen. El paseo tampoco sería hop on-hop off, pues bajo nuestro acuerdo, debíamos permanecer sentados durante todo el viaje, ya que al final debíamos pagarle al guía y éste a su vez su tajada al chofer. Así que duramos cuatro horas sentados, viendo todas las atracciones de Delhi sin poder detenernos a tomar una foto. Así vimos India Gate, Rashtrapati Bhavan y Qutb Minar. Al llegar al templo Bahá'í no resistimos más y quisimos descender del vehículo, así que quisimos cancelar la deuda. Debido al tráfico, el chofer no se podía parar por mucho tiempo, así que el guía nos dijo que podíamos bajar pero en la próxima parada. Por ello no vimos al templo en forma de flor de loto, una de las maravillas de la arquitectura moderna. El guía nos condujo a los asientos traseros del autobús, donde efectuamos la transacción. Tras durar unos minutos haciendo un par de anotaciones en una agenda, nos preguntó cuánto le daríamos. Nosotros, que estábamos molestos por la forma en que había resultado el tour, sin paradas, sin fotos, sin información, decidimos dar 500 rupias cada uno, lo cual él aceptó sin mucho reparo. Entonces llegamos a la tumba de Humayun y descendimos del vehículo, no sin antes escuchar cómo el chofer le reclamaba en voz alta al guía, por haber aceptado un pago tan mísero de nuestra parte.

Debido a la hora del día, justo en el atardecer, la luz en la tumba de Humayun era especial y realzaba las sombras y colores del monumento. Sentí mucha tranquilidad allí, después de haber durado toda la tarde sentado escuchando los cornetazos del autobús. La tumba de Humayun era predecesora del Taj Mahal y le había servido de inspiración. Un monumento hermoso.


Al terminar la visita, decidimos coger un Uber hasta el templo de Akshardham, construido en el año 2005, es decir, muy reciente, pero construido siguiendo los preceptos de arquitectura hindú clásica: sin el uso de concreto o acero. La visita nocturna fue impresionante, ya que la iluminación de los relieves, columnas, cúpulas y jardines era espectacular. El centro del templo era sencillamente majestuoso: los mismos intrincados relieves que se encuentran en Ranakpur, pero todo nuevo, intacto, reluciente, todo el edificio construido de esa manera para albergar la dorada estatua de Swaminarayan.  Pero lo mejor del templo fue el show acuático, en el cual un juego de fuentes, luces y proyecciones IMAX se unían para deleitar al público y relatar la historia de los dioses hinduistas. Lamentablemente las cámaras fotográficas y teléfonos estaban prohibidos dentro del templo, así que no pude efectuar ninguna grabación de lo visto, pero sin duda fue un espectáculo diseñado para cautivar. Encontré el siguiente video en YouTube, que refleja todo lo que pudimos observar:


Así, con broche de oro, terminó nuestra visita de la India. Melanie diría esa última noche que lo que más le gustó fue la gente, que lo que más nos molestaba del viaje era que a pesar de que los hindúes no tenían muchas posesiones materiales, eran más felices que nosotros. Yo me quedé callado. No comparto su opinión. No creo que se deba confundir abnegación con felicidad. Acerca de la supuesta devoción de los hindúes: no la vi distinta a la de los feligreses de la Guadalupe o de la Divina Pastora. El show acuático de Akshardham me enseñó algo que quizás tenía olvidado y es el hecho que las religiones buscan el asombro. Sin lugar a dudas los hindúes siguen siendo más eficaces en ello, aprovechándose de nuevas tecnologías para montar un espectáculo.

Para culminar, repito que no soy ningún experto en la India. Quise plasmar mis primeras impresiones en forma de diario para comparar mi punto de vista ahora con el que quizás tenga después de leer más a fondo sobre la cultura hindú. Probablemente Boris y yo realicemos otro viaje a la India, hacia otras zonas, explorar más a sus creencias y su manera de pensar. Resultaría injusto o ignorante pensar que en 16 días uno pueda emitir juicios sobre un pueblo y sus costumbres. Yo vivo aquí en Alemania desde hace 8 años y todavía hay cosas que no entiendo 100% de Alemania. Si vamos al caso, soy venezolano y no puedo explicar lo que pasa en mi propio país. Quizás porque tratamos de reducir la realidad humana a la geografía, cuando es algo mucho más grande que eso. Además, nuestras experiencias vienen determinadas por nuestra percepción. Estoy seguro que Melanie tuvo una visión completamente distinta a la mía, sin embargo quise reflejar en este diario un poco de sus pensamientos, los cuales, inevitablemente, serán los pensamientos que yo creo Melanie tiene, será mi perspectiva de la perspectiva de Melanie. El reflejo de un reflejo. Quizás la manera más objetiva de narrar una bitácora sea la de narrar los hechos tal y como son, sin emitir opiniones. Pero, las opiniones son parte de lo sucedido. Todo, incluso su interpretación, es historia.

sábado, 11 de noviembre de 2017

India (I)


Llegamos al aeropuerto Indira Gandhi de Delhi después de 7 horas de vuelo. Nos llamó la atención la cantidad de personal por todas partes: personal guiando a los pasajeros al lugar indicado, hacia inmigración, hacia otro terminal, hacia una conexión a algún vuelo nacional; personal de pie frente a una puerta, para resguardar que nadie pase por allí; personal sellando tu visa en el pasaporte,  para 10 metros adelante encontrar a personal que comprueba que tu pasaporte tiene la visa sellada. Los avisos diciendo que el aeropuerto es el mejor del mundo nos causan buena impresión: so schlimm kann es dann nicht sein (tan malo no puede ser entonces). Tras semanas escuchando advertencias de nuestros familiares, amigos, otros turistas e incluso de compañeros de trabajo originarios de la India, cierta predisposición nos impide ser completamente libres: cuidado con el agua, sólo bebe botellas de agua mineral con el sello de empaque, preferiblemente la marca Bisleri, no consumas cubos de hielo, prohibido comer de los vendedores ambulantes en la calle... a la India llegas con un manojo de temores, ideas preconcebidas, ilusiones esperando ser cumplidas. Lo cómico no es que la India que te imaginas sea falsa y distinta a la que es – algo que es cierto – sino lo más interesante es que muchas veces la India que observas es justamente aquella que esperas, pero te agarra desprevenido, pues tiene el peso de la realidad, del hecho, la corroboración de la verdad que tantas veces se repite pero en cierto modo no se cree hasta que se tiene delante de los ojos. 

Lo primero que hicimos fue procurar dinero con nuestras tarjetas de crédito en los cajeros situados en el área de entrada del aeropuerto, así como comprar tarjetas SIM hindúes que nos permitan estar conectados con nuestros smartphones durante todo el viaje. Las necesidades que el nuevo viajero tiene. Una cosa teníamos claro: este viaje no iba a ser turismo de aventura. Esos mismos temores –que en cierto modo era respeto por un país del cual sabíamos o sabemos muy poco – moldearon la planificación de nuestro viaje. Sólo hoteles de calidad (cuatro estrellas o superior), pues los estándares de clasificación de la India son un poco dudosos. Un auto con chofer para conducirnos entre Delhi, Agra y Rajasthan. No exactamente lo que se llama turismo de mochilero. Pero como grupo decidimos viajar así, para el bienestar y deseo de cada uno de nosotros. Diría mi mamá: "para pasar trabajo en vacaciones prefiero quedarme en mi casa". 

Al salir del área de entrada del aeropuerto (protegida por el aire acondicionado), dispuestos a coger el taxi prepagado que nos llevaría al hotel, fuimos confrontados con el aire de Delhi: aquí la contaminación del aire es 10 veces peor que en Beijing. Una bruma amarillenta, mezcla de polvo, ceniza, humo, niebla y vapores industriales habita sobre todo y limita la vista a tan sólo 1.2 km. Sentí algo similar a lo que sentía cuando después de la zafra se quemaban los cañaverales en los valles de Aragua y el aire se cargaba de ceniza: ese ardor leve que irrita todas las vías respiratorias. Pero peor. Más irritante. Y así comenzamos nuestro primer recorrido por las calles de la India: la vía del aeropuerto al centro de Delhi consta de avenidas amplias, pero enseguida reconocimos que las líneas dibujadas en la calle, delimitando los carriles, eran acaso una ligera recomendación, jamás una norma. Motos transportando tres, cuatro hasta cinco personas. Tuk-tuks repletos con pasajeros y sus maletas. Autos esquivando el tráfico, dejando distancias milimétricas entre el auto precedente y el siguiente. Descubrimos también que el sentido de la vía es también opcional y si la distancia es corta, también habrá vehículos circulando en la dirección contraria: ¡en autopistas! A lo largo del camino, el taxista nos hacía preguntas que a cualquier persona molestarían, como cuánto pagaron por su habitación en el hotel. No sabemos, compramos todo como un paquete, dije, tratando de evitar la incomodidad. Poco a poco nos daríamos cuenta que el hindú no se intimida de hablar de dinero, precios, salarios, incluso a extraños. Más tarde a orillas del camino creí ver un busto de Simón Bolívar y sí, en efecto, una plaza dedicada al Libertador en el corazón de Delhi. 


Así llegamos a nuestro hotel, cerca de Connaught Place, una plaza circular, enorme, rodeada de columnatas erigidas por los ingleses para albergar tiendas y comercios. Después de refrescarnos, nos dirigimos a la plaza, dispuestos a descubrir India. No caminamos 10 metros antes de que el primer tuk tuk nos ofreciera llevarnos. Al tratar de cruzar la calle – tarea que a nosotros, recién llegados de la provincial capital alemana, nos resultó imposible – un joven se nos acercó y nos hizo señas para seguirlo: él nos ayudaría a vencer el tráfico. Con arrojo, el joven sencillamente empezó a cruzar la calle, mientras hacía un ademán a los autos para que se detuvieran. Nosotros lo seguimos ciegamente. Al llegar al otro lado de la calle le dimos las gracias y comenzó a conversar con nosotros. Hablaba inglés perfecto – nos dijo era profesor de inglés – y sabía mucho de Alemania: Berlín, Munich, Hamburg, Stuttgart... una por una nombraba a las grandes ciudades alemanas, así como a los equipos de la Bundesliga. Nos dijo que no confiáramos en las personas que nos topáramos en la calle y que deberíamos ir a un bazar de textiles, cuya dirección él personalmente conocía, donde encontraríamos artículos de toda India a muy buenos precios. Rápidamente habló con un chofer de tuk tuk que nos llevaría enseguida al bazar y en tan sólo segundos los tres estábamos a bordo del vehículo rumbo a un bazar que no conocíamos.

El bazar era más bien una tienda, de mucha variedad pero de pobre iluminación: cada vez que poníamos pie en el umbral de una habitación, esta se encontraba a oscuras, pero apenas entrábamos, el ruido de interruptores precedía a la luz blanca y halógena que de repente iluminaba los objetos. Fuimos conducidos de habitación a otra habitación, a través de puertas, pasillos, escaleras y espejos. En los estantes, telas de todos los colores y materiales esperaban atentas. Melanie probó un saree color fucsia, pero ella se sentía como una "europea disfrazada". Vimos pantalones de rayón, zapatos del Punjab, más sarees. Un vendedor comenzó a explicarnos lo que es la pashmina, textil usado para bufandas y pañuelos, hecho del vello de la barba y cuello de cabras de Cachemira. La finura de los vellos hacía que bufandas de pashmina brinden mucho calor y protección a quienes las usen, además de la suavidad de su textura. Había pashmina-silk, pashmina-kashmir, 100% pashmina, ordenadas de menor a mayor valor. Nuestro interés hizo que el vendedor nos revelara la existencia de una otra tela, mucho más valiosa, que sólo reyes lucían: la shahmina, hecha con vello de antílopes. Cada explicación era acompañada de una muestra en vivo,  diversas bufandas de todos colores fueron desplegadas sobre la mesa con un movimiento de las manos. Entonces empezó la compra. Tratamos de negociar, pero todavía estábamos recién llegados y no conocíamos el arte del regateo, así que aceptamos los precios sin mucho discutir. Al salir, el chofer del tuk tuk nos estaba esperando. Nos quería llevar a un bazar subterráneo, pero decidimos volver a Connaught Place. Allí regresamos y fuimos abordados por multitud de personas: todos preguntaban de dónde veníamos, "¡Alemania!, Guten Tag" y querían mostrarnos una agencia de viajes donde podíamos recibir un mapa e indicaciones. Mi sentido común me hacía rechazar cualquier invitación, a diferencia de Boris y Melanie, quienes entusiasmados hacían caso de las indicaciones. Yo ya estaba harto y le dije fuertemente a las personas que no, para luego refugiarnos en un café y compramos un té helado – lo pedimos explícitamente sin hielo, pero el mesonero no hizo caso de nuestro absurdo deseo de un té helado sin hielo y por supuesto recibimos vasos repletos de hielo, los cuales obedientemente bebimos. Primera regla infringida.

Tras una corta visita al parque situado en el centro de Connaught Place, donde los jóvenes hindúes se reunían y los chicos correteaban detrás de las chicas, tomamos el metro en dirección a Old Delhi. Atravesando mares de personas que, como olas, fluían a través de los andenes, escaleras y pasillos del transporte subterráneo, logramos encontrar el andén justo en la dirección que queríamos. Dentro del vagón, no había diferencia con un vagón del metro de Berlín en hora pico. Tras unas cuantas paradas llegamos a Chandni Chowk. Afuera nos esperaba Old Delhi. Siguiendo las flechas que apuntaban hacia el Red Fort, caminamos a través de un parque donde personas descalzas descansaban en la grama. Luego tuvimos que caminar a través del viejo bazar. Fue allí cuando me di cuenta que viajar en la India es también descubrir la variedad y las posibilidades de la condición humana. ¿Cuántos colores y olores no me asombraron en cada rincón y tienda? ¿Cómo no maravillarse de los mendigos sentados afuera de un templo, esperando las limosnas de los devotos, resignados a vivir así pues quizás en la siguiente vida les tocaría una mejor oportunidad? ¿Cómo no desviar la mirada ante el espectáculo de la pobreza desnuda y el asco que provoca ver a personas comiendo sentadas en el piso rodeadas de basura y perros callejeros? Nos movimos de manera veloz hasta llegar al Red Fort.

En el Red Fort comenzó lo que sería un leitmotiv de las vacaciones: jóvenes de todas las edades sacaban sus smartphones y pedían educadamente a Boris y Melanie si podían tomarse una foto con ellos. La piel blanca sigue siendo vista como algo cotizado y concede un elevado valor social. Ser visto con gente de piel blanca, al parecer, transfiere cierto prestigio a aquellos que con una foto dan fe del encuentro. La escena se repetiría en todos los sitios turísticos a los que fuimos. A mí, por lo contrario, no me pedían fotos sino, tras intercambiar palabras conmigo en inglés, me preguntaban intrigados de dónde venía. Al decir que venía de Venezuela – país que la gran mayoría desconocían – decían con una sonrisa que yo parecía hindú, que mi rostro, mi cuerpo, eran hindúes. Unos preguntaban incluso de dónde venían mis padres, si acaso ellos eran hindúes, y cuando yo respondía que no, volvían a preguntar si yo estaba seguro de ello. Así que mientras Boris y Melanie resaltaban entre las multitudes, yo más bien me hacía completamente invisible en ellas y podía ser un ciudadano más de la democracia más grande del mundo. Nos pusimos al final de la cola – larguísima – para comprar las entradas al Red Fort y nos dimos cuenta que los extranjeros hacían una cola muchísimo más corta, ya que había una taquilla dedicada exclusivamente para nosotros. Irritados por el trato preferencial a turistas, nos dirigimos a la taquilla, pero nuestro enojo se disipó al darnos cuenta que si bien los extranjeros no hacían cola, debían pagar veinte veces lo que paga un nativo.


Una vez flanqueada la Lahori Gate, nos encontramos dentro del Red Fort, ejemplo exquisito de la arquitectura mogol. El Diwan-i-Am, Salón de la Audiencia Pública, fue hermoso. Paseamos por los jardines y demás salones de los emperadores mogoles hasta que el atardecer nos sorprendió. Diligentemente salimos y tomamos un taxi al hotel, donde pudimos comer butter chicken cheese naan, respirando aire purificado. Había sido un largo primer día.